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Los Samurai

Íntimamente ligados al mundo de las artes marciales y de la filosofía y modo de vida nipón, pocos hay que no hayan escuchado hablar alguna vez de los Samurai, guerreros temibles y carismáticos que en la época feudal japonesa representaban, por encima de todo, el ideal de caballero noble, honrado y sin miedo a la muerte, capaz de defender su honor y el de los suyos por encima de todas las cosas, incluso de su propia vida.

La época feudal japonesa, en la que los Samurai proliferaron hasta conseguir el respeto y admiración de todos, se extiende desde el siglo XII al XIX, y en ella la estructura jerárquica guarda innegable paralelismo con el feudalismo europeo del medievo.

En lo más alto de esta pirámide jerárquica estaba la figura del Emperador, que era una especie de Dios viviente al que todos veneraban y cuyas funciones, al contrario de lo que se pueda pensar, poco tenían que ver con la política, yendo más encauzadas hacia la conservación de la cultura y la vida apartada del «mundanal ruido». Él, su palacio, sus exóticos jardines perfectamente ornamentados y sus geishas constituían un mundo aparte y una guía para el resto del pueblo. Las decisiones políticas eran tomadas por el General (o Shogun), considerado el padre espiritual de los Samurai, su guía. Por debajo del general estaban los Daimyo -Nobles de la corte-, cada uno de los cuales poseía su propio ejército privado de Samurai -literalmente, servidor- o Bushi -guerreros-.

Los Samurai tenían privilegios: no pagaban impuestos y podían matar a los irrespetuosos. Para controlar que no cometiesen excesos tenían un código de conducta que nunca llegó a ser redactado y que constituía la Biblia para el Samurai. Se llamaba Bushido. ¿Por qué nunca llegó a plasmarse por escrito este código? Tal vez porque la rectitud del Samurai era tal que, para él, la palabra y la acción constituían una misma cosa, careciendo de sentido plasmar por escrito aquello de lo que el guerrero era conocedor. La capacidad de sacrificio y el autocontrol, el ser respetuoso, cortés y leal, constituían para ellos valores fundamentales. La derrota significaba una pérdida de honor que conducía al Hara Kiri -o Seppuku-: “Cuando se pierde el honor, es un alivio morir; la muerte no es sino un retiro seguro de la infamia".

El término Bushido hace referencia a los modos militares del caballero, aludiendo al modo de conducta apropiado para un guerrero. Se asienta en dos pilares básicos: el respeto a los demás y la autoestima. Valores como la cortesía, la honestidad, la bondad, el valor y el honor eran fundamentales.
Analicémoslos más detalladamente.

Cortesía: no debemos confundir esto con hipocresía. La cortesía consiste en valorar lo que hacen los demás, reconocer su esfuerzo. En este sentido, ser cortés viene a ser un sinónimo de ser humilde, que no es lo mismo que sumiso. Por ello, el budoka debe saber cuáles son sus capacidades y desempeñarlas del mejor modo posible.

Honestidad: la honestidad debe empezar y acabar con uno mismo. Consiste en ver cómo es uno mismo y no tener que avergonzarse ni esconderse tras comportamientos o acciones ajenas. Sólo mirando hacia el interior de modo justo, con rectitud -lo que los japoneses denominan Giri, razón recta o justa- se pueden tomar las decisiones correctas en un momento determinado, que es a lo que se debe aspirar.

Bondad: paciencia, magnanimidad y tolerancia son términos asociados a bondad. La paciencia permite al budoka -y los Samurai, en cierto modo, lo eran- mejorar incesantemente sin buscar un objetivo. El verdadero entrenamiento no busca un beneficio, sino que es, en sí mismo, un fin. La humildad va ligada a la tolerancia. Debemos ser conscientes de que la perfección no es más que una idea ilusoria a la que debemos aspirar, a sabiendas de que nos quedaremos en el camino. De este modo sabremos valorar a los demás. Ser intolerante nos corta las alas, nos impide aprender de lo que otros, a los que menospreciamos, nos pueden enseñar.

Valor: es la cualidad que nos permite superar los miedos que nos atenazan. Hoy día el esquema de valores ha cambiado, siendo bueno aquello que reporta beneficios de índole económico, generalmente. Ahora no estamos sometidos a los mismos peligros de antaño. Las guerras se ven de lejos, al igual que las plagas de enfermedades, pero aun así los peligros de la sociedad actual son muchos y, en cualquier caso, igual de perniciosos, al impedir la felicidad de la persona. El miedo a uno mismo, además, siempre está presente, y se necesita coraje para superarlo. En nuestro interior están las respuestas a todo: desde nuestros miedos a las estrategias que usamos para superarlos, que a veces nos llevan al autoengaño. El valor, pues, ha de permitirnos mirar a nuestro interior con sinceridad y afrontar nuestra búsqueda sin desfallecimientos. Debemos luchar por conocernos y ahí reside nuestro valor.

Honor: tiranos y esclavos son polos opuestos que representan dos estereotipos muy presentes en la actualidad; los primeros basan su éxito en su poder, se consideran perfectos y menosprecian al resto, intentando dominarlos; los segundos necesitan estar a la sombra de alguien que los guíe, viéndose incapaces de hacer nada por sí mismos. La integridad define a un líder y sólo se logra mirando honestamente hacia uno mismo, conociendo sus limitaciones. Cuando alguien es consecuente con sus ideas y su personalidad, posee honor. Actualmente se asocia honor con poder social, y hay miles de textos que persiguen hacernos expertos en negocios para, de ese modo, evitar la marginación social y que desaparezca la sensación de sentirse fracasado. Pero el verdadero honor va más allá: el hombre íntegro no teme a la marginación ni el rechazo social, por lo que es capaz de luchar sin miedo al fracaso, siempre acorde a sus ideas y a su pensamiento. Esa integridad le convierte en persona de honor capaz de estar orgullosa de sí misma.

Hara-Kiri

¿Quién no ha oído hablar alguna vez del Hara-Kiri o Sepukku? El Hara-Kiri era el acto mediante el cual el Samurai derrotado -o arrepentido por haber cometido algún acto que pusiese en entredicho su honor- se abría el vientre con su propia katana para, acto seguido, ser decapitado por un amigo suyo, familiar o compañero de batallas. El honor, de esta forma, permanecía intacto y la leyenda del Samurai permanecía viva.

¿No tenían los Samurai apego a la vida? Tal vez no demasiado, si bien es cierto que su creencia en la reencarnación modificaba su percepción del valor que la muerte tiene para nosotros hoy día. Podemos decir que del espíritu Samurai derivaron, posteriormente, los Kamikazes de la primera Guerra Mundial, capaces de lanzar sus aviones contra objetivos del enemigo con tal de lograr el éxito en la batalla, aun a pesar de una muerte segura.

Bibliografía:

-Bushido, el código del guerrero, Inazo Nitobe.
-Hagakure, el libro secreto del Samurai, Yosho Yamamoto.
-Textos encontrados en la web, Bryn Williams.

Texto: Gaspar J. Barrón

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